No importa cuántos años pasen de la caída del Muro de
Berlin y de la Unión Soviética, o lo que es lo mismo, del fracaso del
movimiento comunista internacional a finales del Siglo XX. El triunfo del capitalismo
es indiscutible. No hay país en el mundo que no dependa del intercambio
comercial mundial y del capital financiero y las instituciones que los
respaldan. Los gobiernos neoliberales han tenido el camino libre para imponer
sus recetas económicas a la sociedad.
Con esto, el final de la guerra fría y de los
regímenes dictatoriales en América Latina, abriendo paso de formas de gobierno
elegidos democráticamente, a fin de garantizar la reproducción de capital bajo
el manto de la gobernabilidad. Se expanden por el mundo los principios
liberales, Fukuyama habla de El Fin de la Historia, las burguesías celebran
victoriosas la derrota del enemigo comunista. Así transcurre la década de los
90.
Se habla de un “milagro económico” en Chile. Al mismo
tiempo, en el resto del continente se viven tiempos convulsos. Las políticas
económicas neoliberales han reducido el rol del Estado como protector de
condiciones mínimas de vida de la población. Se privatizan servicios básicos,
agudizando una brecha de desigualdad que lanzó a la pobreza a un porcentaje muy
alto de personas. Los partidos populistas gobernantes sufren una tremenda
impopularidad.
Finalizando la década de los 90, y por un período en
promedio de 15 años, el electorado se vuelca hacia alternativas políticas que
hoy en día se conocen bajo el nombre de progresismo. Chavez, Kirchner,
Lula, Correa, Evo Morales, entre otros, dirigen un tímido proceso de reformas,
apoyados por los movimientos sociales y partidos de centro izquierda, que
buscaron convertir la renta proveniente de la exportación de materias primas,
en mejores condiciones materiales de existencia para la población. Existió un
renacimiento de la institucionalidad democrática que fue devolviendo, poco a
poco, el rol del Estado como planificador de la economía.
La crisis de producción intelectual en los sectores
conservadores, sumado al fracaso económico de las políticas de privatización, y
el avance de los movimientos sociales de la mano del progresismo, hizo
surgir la necesidad de revivir un viejo enemigo que había sido derrotado.
El comunismo soviético dejó de existir, no así los
pequeños movimientos políticos de izquierda. Había una necesidad de crear un
enemigo lo bastante fuerte y peligroso, como para alertar a la población de las
consecuencias que podría atraer dejar que este entre triunfalmente en las
sociedades occidentales.
A partir de este contexto, la intelectualidad ligada
al pensamiento liberal/libertario de Von Misses, elaboraron una compleja teoría
de la conspiración, tomando elementos fantásticos con hechos reales, cumpliendo
con los principios que permiten determinar toda pseudociencia, una relación
causa / efecto entre los fenómenos A y B que ocurren al azar en un mismo
momento.
Surge, de esta manera, el Marxismo Cultural. El
liberalismo, en su fundamento, se considera anti corporativista, ya que estos
grandes oligopolios destruyen los principios de competencia perfecta de la
sociedad utópica anarco capitalista que plantean. Si algo caracteriza al
capitalismo como modo de producción, es la centralización y concentración de
capital que absorbe a las empresas menos competitivas e ineficientes.
El avance de China como potencia económica y la
posibilidad de mover capital a territorios con mano de obra barata, han
generado reacciones de nerviosismo e histeria en sectores nacionalista y
conservadores. Por esta razón es que el liberalismo anarcocapitalista
está tan estrechamente relacionado con los valores más tradicionales de la
sociedad occidental, es decir, la familia, la propiedad privada, la religión,
etc.
En contraposición, el modo de producción capitalista
global ha logrado adaptarse a los cambios sociales y ser compatible que los
movimientos sociales que defienden los derechos humanos y de las minorías. Por
esta razón, podemos observar que los grandes medios de comunicación e
información han hecho más visibles las luchas por la diversidad sexual,
derechos de las mujeres, de las minorías raciales, de los inmigrantes, etc.
Las grandes corporaciones internacionales, como ha
ocurrido siempre desde que existe el capitalismo, siguen optimizando sus
beneficios y concentrando cada vez más capital. El liberalismo conservador
encontró el caldo de cultivo perfecto para asociar este fenómeno del
crecimiento de las grandes corporaciones capitalista y el comunismo.
La propia reproducción del modo de producción
capitalista va a generar que las empresas con mayor concentración de capital
obtengan mayores ganancias en detrimento de las más pequeñas. Este hecho
permite al liberalismo convencer a amplios sectores de la pequeña burguesía y
las clases medias de la existencia de un Nuevo Orden Mundial que busca
acabar con sus medios de producción, asociándolos a la idea de estatización
socialista que caracterizó a los gobiernos comunistas de la época de la Guerra
Fría.
Culturalmente, producto de un sistema educativo
estructurado bajo los parámetros de la ideología dominante, a través de la
Iglesia Católica y cristiana en general, la llamada clase media, la pequeña
burguesía, e incluso amplios sectores de trabajadores, fundamentan su
existencia bajo principios, ideas y creencias conservadoras. Los liberales han
logrado establecer una relación entre los movimientos sociales proderechos y
ese supuesto Nuevo Orden Mundial dirigido por las élites económicas para
implantar un nuevo comunismo internacional.
La idea del marxismo cultural parte de la
premisa de que el movimiento feminista, los colectivos LGBTI, los movimientos
anti racistas y proinmigrantes, son máscaras de los partidos comunistas,
financiados por multimillonarios, para tomar el poder políticos en los países y
acabar con los valores tradicionales occidentales. Ya que no se pudo con la
lucha de clases abierta, será acabando con la familia heterosexual, la iglesia
y la propiedad privada que se implante este nuevo comunismo.
Estos delirantes pensamientos son una expresión de un
fenómeno mayor de decadencia intelectual de parte de un sector social que
históricamente ha tenido espacios de poder que ha ido perdiendo con el tiempo,
no con esto queriendo decir que efectivamente el socialismo marxista esté
ganando espacios y obteniendo una importante correlación de fuerzas.
El liberalismo tiene estrecha relación con otras
teorías conspirativa, ridículas, pero no menos peligrosas, como el
terraplanismo, los movimientos antivacunas, la homeopatía, la astrología, etc.
Lo fácil es ignorar estos planteamientos por no tener base científica alguna,
pero cuando nos damos cuenta que mucha gente decide creer, cobra importancia
dedicarse a la divulgación científica y hacer frente al avance de la decadencia
intelectual de los tiempos posmodernos.